Calaveretas del 98

Los versos que corresponden al día de hoy son de circunstancia; entre las calaveras que escribí ese año hice estas y otras dedicadas a mi amigo Germán Dehesa; confieso que la aportación de hoy es más larga que profunda pero qué se le va a hacer, así lo publiqué en “Poemas y otros poemas” y esta no es edición crítica. Tienen su chiste los versos, no obstante, así que se los encomiendo, aunque estén fuera de temporada.

CALAVERETAS DEL 98

Ay, ay, ay, calaveretas
que son del noventaiocho
permítanme dar piruetas
tocando a tocho morocho;

permitidme, señoras y señores,
que comience a narrar estos dolores

en que se vio la humanidad envuelta
cuando la muerte se sintió resuelta

y agarró por su cuenta los asuntos
de implicados, confesos y presuntos.

Ah, qué año, qué época y qué siglo
que acercábase rápido al dosmiglo

sin haber liquidado problemillas,
errores, muladeces, postemillas

y demás cochineros que tenía
en sus buchacas de milagrería.

La muerte se llevó a los que murieron
y se llevó también a los que fueron

remoloneando por la buena vida
para ver si encontraban la medida

de transcurrir nomás con disimulo
metiéndose la rima por el rulo

que les hacía la edad en la pelona;
ah qué muerte tan falsa y tan felona.

Pero hagamos la cuenta de los tales
cuyos huesos se hicieron parietales

y quedáronse mondos y lirondos,
descarnados, blancuzcos y redondos.

Por ejemplo pensemos en Dehesa,
en aquel señorón cuya entereza

no flaqueó por mentiras ni intereses
mas padeció los cívicos reveses

de tener poco seso en la mollera
y menos pelo que lo protegiera;

el humor lo perdió por atrevido,
por meter las orejas en el ruido

–y vaya que las tenía descomunales,
capaces de captar todos los males.

¿Me distraigo? ¿Les cuento indiscreciones?
Pues perdonen, que tengo mis razones

para salirme un poco del relato
porque el pobre señor, en arrebato

se puso a criticar a trochemoche
y a juzgar la moral del día y la noche,

dijo tantas blasfemias de los otros,
que si eran caballos, que si potros,

que galopaban a buscar fortunas,
que si agarraban sin temor las tunas

acabarían llenándose de ahuates,
que así perdió su multitud de cuates

sin temor a la muerte que venía,
pobre tipo, no vio lo que tenía.

Ni aun escuchó cuando la huesa inmunda
le entonaba estas coplas de segunda:

–Nada en la balanza pesa
lo que pesa la amistad,
nada vale la mitad
de lo que quiero a Dehesa–,
decía la muerte traviesa
mirándolo con maldad;

–yo creo que ya está en edad
de llevármelo en la panza;
pues comiéncemos la danza
y en ella, con gran fineza
limpiémosle la cabeza
de toda idea de venganza

tal como la tiene ya
limpia de toda basura,
de toda idea de mesura
y de toda intimidá

toda la inmunda maldad
en boca suya pongamos
y con neologismo hagamos
preocupantilicidad

que viene a ser preocuparse
de los infantiles males,
de magníficos tamales,
de gentílicos ramales,
de políticos venales,
de piedrecitas renales,
de cantantes infernales,
y de mil banalidades
que en forma de variedades
presenta en su cabaré.
Olé, olé y reolé.

Y todavía querer
enchuecandito la boca
hacernos creer que hoy toca.
¡Te toca a ti fenecer!

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